29 de julio de 2011

-Togari de Yoshinori Natsume-

-Publicado Previamente en Zona Negativa-

"Érase una vez un demonio. Él quería ser humano. Pero, para eso hace falta tener corazón. Así que, para conseguir uno el demonio se comió a varias personas, a él no le importaba hacerlo porque no tenía corazón."


Togari es la ópera prima del mangaka japonés Yoshinori Natsume (Batman: La Máscara de la Muerte), un manga serializado y publicado previamente en la revista Shonen Sunday de la editorial Shogakukan y que Panini Cómics editaría a lo largo de 2005 en nuestro país siguiendo al pie de la letra la edición nipona definitiva compuesta por ocho tankoubons. Las circunstancias convirtieron a Togari en una obra de escaso recorrido con un precipitado final que dejaría muchas preguntas en el aire y alguna que otra trama abierta lo cual llevaría a su autor a negociar con otras editoriales para poder continuar su historia tal y como en un principio la había concebido. Yoshinori Natsume conseguiría cumplir esto último en la revista Monthly Comic Flapper de Media Factory y a finales de 2009 iniciaría la publicación de Togari Shiro (Togari: Blanco), la continuación de su obra original que acaba de llegar recientemente a su final en Japón y que será recopilada finalmente en tres tomos recopilatorios que, esperemos, lleguen en algún momento por estos lares. Togari cuenta la historia de Tobei, un joven vehemente, salvaje y huérfano de dieciséis años que vivió durante el período Tokugawa en Japón, época en la que se hicieron legendarios sus crímenes y que le llevarían a ser ajusticiado por una muchedumbre enfurecida. Después de trescientos años de torturas y dolor, habiendo sido condenado al infierno por los pecados cometidos en vida, Tobei no ha hecho propósito de enmienda, motivo que la diosa infernal Emma aprovecha para hacer un trato con él ofreciéndole una alternativa para conseguir su ansiada libertad. Para ello Tobei deberá reunir en el mundo real y en un período de 108 días otros tantos pecados encontrando a los “toga”, algo así como “los cuerpos materiales de crímenes y culpas”, para cazarlos con la única arma capaz de dañarlos: la espada Togari. Esta simple y en apariencia inofensiva espada de madera tiene como fuente de energía el mismo mal lo que provoca que “cuanto más terriblemente malvado sea quien se sirve de ella más fuerza adquiera”. De esta manera, mientras Tobei vaya reuniendo los pecados de asesinos y delincuentes humanos los suyos propios irán desapareciendo, limpiando su alma en el proceso, aunque la tarea se muestra casi imposible y Tobei desconoce que la espada Togari encierra más secretos de los que le la diosa Emma le ha confesado. ¡La cacería no ha hecho más que empezar!

Togari no ha tenido un camino fácil, como el mismo Yoshinori Natsume explica en sus agradecimientos a los lectores incluidos en el primer tomo de la serie de Panini Cómics, “al no contar con un lugar de trabajo, ni herramientas, ni solvencia económica para contratar ayudantes” lo que le llevó al entregado mangaka a tener que recurrir en los primeros capítulos de la historia a la ayuda de varios de sus amigos personales. Esto se evidencia en el resultado final del apartado gráfico de Togari que empieza dudoso y tambaleante en sus inicios para, posteriormente, ir mejorando y puliendo este aspecto en el transcurrir de la obra. Aunque el dibujo de Yoshinori Natsume nunca llega a ser una de las principales virtudes de esta obra su trabajo resulta más que aceptable e incluso con ciertas dosis de espectacularidad sirviéndose de una narrativa de leves resonancias occidentales. Por otro lado, Yoshinori Natsume construye una historia cuyo punto fuerte es la caracterización y evolución de su personaje principal, con unos secundarios que no llegan a hacerle sombra, en una obra que en términos generales va in crescendo, de menos a más, tomando cuerpo a medida que se profundiza en el concepto de bien y mal que se maneja en Togari . Pasamos de una aparente y primeriza simpleza argumental a un relato lleno de matices en gran medida llamativos que su autor maneja con efectiva y plástica soltura. El tratamiento de la acción y la épica del relato es también un valor al alza en Togari y Yoshinori Natsume suele revestirla de un cierto trasfondo ético y moral de origen neutro. El humor, blanco e inocente, sirve de contraste en este caso y como válvula de escape a los momentos de mayor tensión, muy acorde con las vivencias de un protagonista que no sólo debe luchar para sobrevivir sino que además debe intentar comprender un mundo muy alejado del que él conocía cuando estaba vivo. Tobei es un personaje cuya animalidad y salvajismo, emparentado con el ideal rousseauniano sobre la naturaleza humana, recuerda en algunos aspectos a Lobezno, el canadiense superhéroe miembro de los X-men cuya génesis descubrimos en el Lobezno: Origen de Paul Jenkins y Andy Kubert. No obstante, esto no deja de ser una simple impresión pues Togari no apuesta en ningún momento por el relato de corte superheroico, un tema algo foráneo dentro del manga japonés, aunque si juega con el concepto mismo del heroísmo y con la relación de este con la posibilidad innata de la conciencia y el sentido de la justicia.

Dicho todo esto, Togari es una obra con sus propias virtudes y defectos, las cuales en ningún momento presagian una obra maestra en su género pero si estamos ante un relato con algunos momentos de brillantez y una trama lo suficientemente entretenida, sobre todo teniendo en cuenta su adecuada evolución, como para resultar una lectura agradecida que puede dejar un buen sabor de boca al aficionado medio y ocasional del cómic japonés por su tratamiento ligeramente más adulto y punzante de los tópicos del shonen manga. Yoshinori Natsume presenta en Togari un trabajo sincero y honesto, cuyo principal punto débil es ese abrupto final que supone un coitus interruptus justo en el momento más álgido de la trama, todo ello pese al hecho de que se autor se afane en apostar por un final abierto y no carente de simbolismo que parece salvar los muebles. No obstante, teniendo en cuenta la continuación de la historia en la citada secuela que lleva por título Togari Shiro, puede ser este un buen momento para reivindicar esta obra como justamente se merece. La edición de Panini Cómics de la presente obra resulta sencilla, compacta y con un precio bastante ajustado de los que hoy ya difícilmente se pueden ver en el mercado nacional. En el primer tomo de la colección encontraremos en sus páginas finales a modo de extra el The Making Of Togari donde el mismo Yoshinori Natsume intenta explicar algunos aspectos a tener en cuenta en la elaboración de un manga como Togari, en este apartado podremos ver algunos bocetos del autor y leer algunas interesantes reflexiones suyas sobre temas como la elaboración de un storyboard, la composición de página y lo que él mismo define como la “gramática propia del medio”. En definitiva, Togari de Yoshinori Natsume es un shonen manga cuya extensión y perspectiva ligeramente más madura pueden hacerlo apropiado para los aficionados que tienden a alejarse de este tipo de obras que pueden extender durante decenas de tomos, como puede ser el caso del Naruto de Masashi Kishimoto o el One Piece de Eichiro Oda, siendo también una buena opción como lectura introductoria al cómic japonés debido a su falta de pretensiones y su narrativa más cercana a la mentalidad occidental. En cambio, a los lectores más experimentados y consumidores habituales de manga, Togari puede resultarles una obra poco ambiciosa e irregular pero igualmente puede resultarles un entretenimiento que les deje un buen recuerdo y ganas de acercarse a conocer las nuevas aventuras de Tobei en Togari Shiro.

28 de julio de 2011

-Nekomajin: El Gato Mágico de Akira Toriyama-


 -Publicado Previamente en Zona Negativa-

"Nos queda menos de una página. 
¿¡¡Crees que puedo demostrar algo en tan poco espacio!!?"

Sin lugar a dudas, una de las figuras contemporáneas más influyentes del mundo del manga y el anime en la actualidad no es otro que el veterano y aclamado mangaka Akira Toriyama, un destacado autor que durante la década de los ochenta y parte de los noventa supo conquistar al gran público a través de la comedia absurda de su Dr. Slump y también desde la épica y la mitología de una obra maestra del shonen manga como Dragon Ball. En nuestro país ambas series, emitidas y programadas reiteradamente en las televisiones públicas, fueron un auténtico boom allí donde se estrenaron conviertiéndose en abanderadas del subsiguiente fenómeno del cómic japonés por estos lares. De esta manera, el trabajo de Akira Toriyama en Dr. Slump y Dragon Ball ha convertido a su autor en todo un referente insalvable para los mangakas de generaciones posteriores, como para él lo fue el de Osamu Tezuka, siendo este el caso de Masashi Kishimoto (Naruto), Eichiro Oda (One Piece), Tite Kube (Bleach) o Yoshio Sawai (Bobobo) que, en mayor o menor medida, han reconocido la influencia del trabajo del maestro en sus respectivas obras. Akira Toriyama, prolífico autor donde los haya, debutó en 1979 en la revista Shonen Jump con la historia corta Wonder Island , un claro antecedente a su Dr. Slump en el cual ya hacen acto de presencia algunos personajes de la misma, habiendo continuado desde entonces su infatigable intención de hacernos reír con sus ocurrencias y relatos como Pola & Roid, Dragon Boy, Madmatic, Go Go Ackman!, Cowa! o Sandland. Muchos de estas obras no dejan de ser historias cortas formadas por varios capítulos que ya han sido publicadas en nuestro país anteriormente, mención especial para la reciente recopilación que lleva por título Mankan Zenseki, el antiguo Teatro Manga de Akira Toriyama que ya editó en los noventa Planeta DeAgostini en nuestro país y que ahora recupera en su edición Ultimate Edition incluyendo una gran cantidad de material sobre el mítico autor. Todas estas creaciones son muestras del estilo inconfundible de un mangaka que ha marcado tendencia en el panorama manga de las últimas décadas, habiendo generado cantidades ingentes de merchandising de sus series más conocidas e que incluso habiendo dado el salto al cine hollywoodense con la olvidable Dragon Ball Evolution de James Wong y también al mundo de los videojuegos donde Akira Toriyama ha colaborado en sagas como Dragon Quest y Chrono Tigger.

Pero ahora echemos la mirada un poco atrás. Es ampliamente sabido que después de acabar la serialización de Dragon Ball su autor decidió que se tomaría un tiempo libre, a partir de entonces no se volvería a enfrascar en una historia de tal magnitud, el éxito de su particular visión del clásico de la literatura china Viaje al Oeste le había mantenido ocupado durante casi doce años de su vida y su trabajo se había vuelto demasiado obsesivo y exigente, sobre todo por el éxito que también habían cosechado las aventuras de sus personajes en su traslado al anime y que había desatado una auténtica “dragonballmania” casi a nivel mundial. Con obras como las mencionadas Cowa! y Sandland el popular mangaka volvía a la senda que había tomado en sus inicios, las historias de escaso recorrido y de corte humorístico para posteriormente, concretamente en el año 1999, presentar Nekomajin: El Gato Cósmico, una serie de relatos cortos en los que Akira Toriyama aprovecharía para reírse de sí mismo y de su obra más destacada: Dragon Ball. Los nekomajins, como el propio Akira Toriyama explica en la misma obra, “son criaturas con aspecto de gato capaces de hacer un poco de magia” aunque el verdadero poder de la mayoría de estos seres reside en su conocimiento de las artes marciales, a parte de esto pocos más datos se conocen de estos curiosos personajes aunque se sabe que tienen predilección por hacer vida tranquila en el campo y suelen ser de carácter alegre y divertido. Akira Toriyama empezó contándonos las vivencias de uno de estos nekomajin algo avaricioso e interesado y sus conflictos con macarras y extraterrestres de turno para después dedicar otro capítulo al nekomajin atigrado y posteriormente pasar directamente a la autoparodia “dragonbalística” en las historias que se engloban en la segunda parte de la colección llamada Nekomajin Z. En total Nekomajin se compone de ocho números independientes, con una ligera continuidad entre algunos de sus capítulos, que serían publicados por la editorial japonesa Shonen Jump en su día y que finalmente serían recopilados en 2005 en un único tomo tankōbon, el mismo que un año después Planeta DeAgostini editaría en nuestro país. Una obra menor en la carrera de Akira Toriyama que no se toma en serio a sí misma y esa, posiblemente, sea su mayor virtud.

De esta manera, podemos afirmar que Nekomajin es una obra prototípica de Akira Toriyama, una serie de historias ligeras que presentan ese tipo de humor propio de su autor simple e ingenuo, incluso algo infantil, que no renuncia al absurdo ni a algunos retazos de humor verde. Un estilo característico que ha acompañado a su autor a lo largo de su carrera junto a un dibujo plano y muy expresivo, con un toque “disneyano” heredado de Osamu Tezuka y una destacada habilidad para el diseño de artefactos tecnológicos de todo tipo que ayudan a configurar un mundo diferente, a medio camino entre la utopía medioambiental y la sociedad tecnificada y futurista, bastante recurrente en sus trabajos. En relación a esto, Akira Toriyama ha declarado en más de una ocasión que, respecto al desarrollo de sus obras, no suele tener ningún argumento ideado a largo plazo ni le gusta detallar en exceso el universo en el que se mueven sus personajes ya que eso le deja bastante libertad para improvisar sobre la marcha y poder él mismo disfrutar de su trabajo dibujando aquello que le apetece sin ningún tipo de restricciones. Esto es lo que el famoso mangaka considera como “cuadrar las historias a lo bruto” y es lo que le ha dado según él esa “imagen de autor pasota”. Un sistema que, curiosamente, siempre le ha dado buenos resultados y el cual ha sabido exprimir al máximo siendo Nekomajin sólo una muestra más de esa manera suya de hacer manga. En esta obra, para dejar claro que estamos ante una parodia de Dragon Ball, hacen apto de presencia personajes como Vegeta, el cual acaba afirmando que “nunca más volveré a salir en un manga cómico”, Kreezer, el hijo de Freezer, el monstruo Buu, o el mismísimo Son Goku y el resto de la familia “dragonbalística” tal como aparecían en los últimos capítulos del manga dibujado por Akira Toriyama. Este y otros detalles hacen de Nekomajin una entretenida curiosidad, sobre todo para los seguidores incondicionales de Dragon Ball, aunque no permiten que la obra desarrolle una personalidad propia que, no obstante, tampoco parece la intención de Akira Toriyama. Nekomajin: El Gato Mágico sólo pretende hacernos pasar un rato entretenido con una diversión ligera pero hasta cierto punto adictiva, no es Dragon Ball, ni el Dr. Slump, pero perderse de vez en cuando en los mundos concebidos por Akira Toriyama siempre suele ser una buena manera de desperdiciar el tiempo.

22 de julio de 2011

-Aventuras en la Brigada del Rifle de Garth Ennis y Carlos Ezquerra-


-Publicado en Zona Negativa-

“Creo que, si le hubiéramos dado la independencia a América, habríamos sido los primeros en enterarnos, ¿no? [...] ¡En la Brigada del Rifle solo hay británicos! “

 

En el año 1800 el coronel Coote Manningham y el teniente coronel William Stewart tomaban el mando de la nueva unidad del ejército británico conocida como el Cuerpo Experimental de Rifleros que reunía a lo más granado de las tropas ligeras de la nación en un cuerpo de elite especializado en tácticas y sistemas de entrenamiento y asalto revolucionarios para la época y que demostrarían su efectividad y versatilidad en la lucha contra las fuerzas napoleónicas y en posteriores enfrentamientos como la Guerra de Crimea de 1853, donde el grupo ya era conocido como la Brigada de Rifleros, o en las dos guerras mundiales del pasado siglo XX que asolaron y determinaron el devenir de Europa y el resto del mundo. Estos hechos, sin lugar a dudas, son conocidos por el guionista irlandés Garth Ennis, un ávido cinéfilo de películas del género bélico y aficionado a la historia militar como ha demostrado a lo largo de su carrera, una pasión que le ha llevado a tener sus devaneos y escarceos con este tipo de relatos en obras como Historias de la Guerra, As Enemigo: Guerra en el Cielo o El Soldado Desconocido y que también ha trasladado a otros de sus trabajos más relacionados con el ambiente superheroico como Hitman, Demon o la más reciente The Boys, series en las que ha acostumbrado a reservar algún capítulo para narrar alguna de sus historias de guerra. En el año 2002 Norma Editorial publicaba en nuestro país uno de los últimos coqueteos de Garth Ennis con el género bélico, Las Aventuras de la Brigada de Fusileros, en este caso una parodia militar ambientada en la Segunda Guerra Mundial que el irlandés perpetró para la línea Vertigo de DC Comics y que ahora la editorial Planeta DeAgostini ha tenido a bien volver a recuperar bajo el título de Aventuras en la Brigada del Rifle. Este recopilatorio se compone de las dos miniseries publicadas hasta la fecha de la colección, Aventuras en la Brigada del Rifle y Aventuras en la Brigada del Rifle: Operación Cojón, en las que asistiremos a las desventuras del Capitán Hugo Darcy y su tropa de bravucones soldados, el teniente segundo Cecil “Dudas” Milk, el sargento Crumb, el cabo Geezer, Hank el Yanqui y El Gaitero, embarcados en las más absurdas misiones con el único objetivo de hacer la vida imposible al ejército alemán y “hacer llorar a los nazis hasta que vuelvan a casa a abrazar a su mamá”. Esto se traduce, como todo buen cómic de Garth Ennis que se precie de serlo, en violencia absurda y gratuita, una dominatrix nazi de pechos enormes, un escatológico y corrosivo humor marca de la casa y algo de “romanticismo homosexual entre camaradas”.

En esta ocasión Garth Ennis une fuerzas junto al dibujante español Carlos Ezquerra, encargado del apartado gráfico de estas alocadas Aventuras en la Brigada del Rifle, con el cual también ha colaborado en obras como Bloody Mary, Sólo un Peregrino o la mencionada Historias de la Guerra, mientras las portadas originales corren a cargo de los británicos Glenn Fabry (Predicador) y Brian Bolland (La Broma Asesina). Partiendo del hecho de que Aventuras en la Brigada del Rifle no es, ni mucho menos, la mejor obra de Garth Ennis ni una de las que será más recordada por sus seguidores, ni tan siquiera una de las más llamativas o una aspirante a convertirse en un cómic de culto, también es cierto que se agradece en la propuesta cierto comedimiento y moderación por parte de su autor, la ausencia de lo cual acostumbra a lastrar muchos de sus trabajos como, por ejemplo, ocurre en Crossed o The Boys que pese a una premisa de partida interesante acaban engullidas por sí mismas. Por otro lado, Garth Ennis y Carlos Ezquerra, no se andan con medias tintas, en Aventuras en la Brigada del Rifle intentan hacernos pasar un buen rato mediante una parodia de los tópicos propios del género bélico los cuales se esfuerzan en llevar al exceso y al absurdo favoreciendo la caricatura de sus personajes y de sus historias. El cómic se sirve para ello de una cierta “épica disparatada” y una intencionalidad paródica y caricaturesca, con un planteamiento que inevitablemente recuerda a los Malditos Bastardos de Quentin Tarantino, película que recordamos es posterior a la presente obra de Garth Ennis y que a parte de la desmitificación de ciertos patrones del género bélico y de la historia de un grupo de soldados en territorio enemigo durante la Segunda Guerra Mundial poco más tienen en común. El humor utilizado para la ocasión, para el que la narrativa visual de Carlos Ezquerra parece bien dotado, esta organizado entorno a una serie de gags que, para ser sinceros, parecen los descartes de una producción Monty Python aderezados con una pizca de sal gruesa del sentido del humor, retorcido e irreverente, de su creador.

El dibujo de Carlos Ezquerra puede recordar al de otros artistas con los que ha trabajado Garth Ennis a lo largo de su carrera, siendo los lápices del zaragozano mucho más agradables y elaborados que los de Jacen Burrows, cómplice de algunas de las obras más irrelevantes y desfasadas del guionista irlandés, casi todas ellas dentro de la editorial Avatar Press como es el caso de Chronicles of Wormwood o la citada Crossed; y, por otro lado, también encontramos un cierto componente realista y caricaturesco al mismo tiempo en el trazo de Carlos Ezquerra cercano al que Steve Dillon ha demostrado en Predicador o Hellbazer, obras en las que esta presente la mejor versión de l’enfant terrible del cómic estadounidense. Dejando el apartado gráfico a un lado, en estas Aventuras en la Brigada del Rifle encontraremos una buena muestra de las manías y obsesiones recurrentes de Garth Ennis como autor, lo cual juega en contra de la misma obra ya que en la comedia un mismo gag puede funcionar una vez o dos pero difícilmente lo hará una tercera y eso mismo sucede, no ya con las presentes historias del Capitán Darcy y sus camaradas, sino con el trabajo que el irlandés nos ha brindado en los últimos años y que en muchos aspectos pone de relieve que no ha sabido progresar adecuadamente desde sus mejores tiempos. No obstante, esto resulta algo de perogrullo, ya que si una cosa no se le puede pedir a Garth Ennis es que sea políticamente correcto, sus virtudes nacen de su afán subversivo e iconoclasta pero, por desgracia, muchas veces sólo deriva y naufraga en lo zafio y lo burdo sin aportar nada más de interés al conjunto. Aventuras en la Brigada del Rifle no logra desmarcarse de esta última tendencia en la narrativa de Garth Ennis, ciertamente estamos ante un producto más mesurado y controlado que obras más recientes de su autor, aunque no lo parezca a primera vista, pero esto se nos antoja que sólo es debido a la influencia de la línea Vertigo en la serie, lo que consigue que el resultado pueda servir como lectura ligera pero haga casi inviable futuras relecturas. En definitiva, una obra mediocre pero simpática que cae en tierra de nadie, un buen aperitivo para los seguidores más acérrimos, entusiastas y completistas de Garth Ennis pero, en el cómputo global, una obra prescindible que pasa sin pena ni gloria por nuestras manos.

21 de julio de 2011

-Spider-man: Fiebre de Brendan McCarthy-


-Publicado Previamente en Zona Negativa-


“Y en su red, agazapado, sobre la sima abismal en aparente calma, el rey en su sitial.
Aguarda tu alma.
¿Y eso me traes?”
 


En los últimos años ha quedado demostrado que Spider-man es un personaje bastante sensible a lo esotérico y arcano, no por casualidad aún quedan abiertas algunas heridas después del incidente conocido como One More Day , un punto y a parte en la cronología arácnida que el editor Joe Quesada achacaría en su momento de forma simpática a la labor de un mago. Anteriormente, durante la estancia del polémico guionista J.M. Straczynski en la cabecera de The Amazing Spider-man, la magia fue un elemento recurrente en los relatos de este, sobre todo en su primera etapa en la serie en la que colaboraría con John Romita Jr.; el elemento mágico era un recurso bien planteado y ejecutado por el guionista estadounidense que servía para demostrar la versatilidad y adaptabilidad del superhéroe fetiche de Marvel Comics y que no olvidaba un principio que el autor expresaría después de su marcha de cabecera, no sin cierto reproche a Joe Quesada, cuando afirmaba que “la magia tiene que tener reglas”. Este tema, que podría estar sujeto a debate, es algo que ya parecían tener asumido los prolíficos Stan Lee y Steve Ditko en 1963 cuando crearon a un personaje tan peculiar y misterioso como el Doctor Extraño en las páginas de la publicación marvelita Strange Tales. El Maestro de las Artes Místicas y Hechicero Supremo del Universo Marvel se enfrentaba a lo desconocido y sobrenatural en su día a día, un héroe diferente a todos los que hasta entonces habían nacido al amparo de La Casa de las Ideas y cuyas posibilidades parecían inmensas e ilimitadas. Pronto, Stan Lee y Steve Ditko concebirían el primer encuentro entre el Doctor Extraño y Spider-man en The Amazing Spider-Man Annual 2 USA, una historia que demuestra ser un auténtico “festival Steve Ditko”, como así lo calificaba Stan Lee en dicho número titulado El Maravilloso Mundo del Doctor Extraño!, un relato en la cual el arácnido superhéroe y el poderoso hechicero debían unir fuerzas para combatir al malvado Xandu y sus esbirros, un encuentro entre lo terrenal y lo etéreo que marcaría época, sobre todo en la mente de un atípico autor como Brendan McCarthy que cuarenta y siete años después del debut del personaje en las páginas de un cómic nos presenta ahora la ditkoniana, surrealista y mística Spider-man: Fiebre.

Brendan McCarthy es un autor británico cuyos trabajos más reconocidos a día de hoy tienen que ver con su participación en series como Judge Dredd, ABC Warriors o Tharg’s Future Shocks y con su labor como portadista en la etapa de Peter Milligan y Chris Bachalo en Shade: El Hombre Cambiante, la cabecera de la línea Vertigo de DC Comics, pero también ha participado como guionista en algunos proyectos destacados en el mundo del cine y la televisión durante los años ochenta y principio de los noventa entre las que destacan productos como Los Inmortales de Russell Mulcahy, el Mad Max 2 de George Miller o la primera película de acción real de Las Tortugas Ninja de Steve Barron. Por otro lado, curiosas han sido algunas de las últimas declaraciones de Brendan McCarthy, a propósito de una más que posible y próxima película del Doctor Extraño, en las que admitía haber sugerido a DC Comics realizar un crossover del personaje con The Sandman, la obra magna de Neil Gaiman de la línea Vertigo, mientras, por otro lado, proponía también a Marvel Comics un team-up entre Lady Gaga y el Doctor Extraño, lo que sería según él “una combinación de cómic y vídeo en una nueva canción” que ayudaría a acercar al personaje al gran público y prepararles para la futura película del poseedor del Ojo de Agamotto. Tan extravagantes y llamativas son las propuestas de Brendan McCarthy para el Doctor Extraño como su Spider-man: Fiebre, una obra cuya premisa parte del enésimo enfrentamiento del trepamuros con El Buitre, una mera excusa argumental, a consecuencia del cual nuestro héroe quedará infectado místicamente y perdido en un delirio de realidad o mundo alternativo que parece surgido de la mente enfermiza de un beatlemaniaco. Sólo el Doctor Extraño podrá salvar el alma de nuestro héroe a riesgo de perder la cordura en un lugar donde no existe nada parecido a las reglas, leyes o lógica humana. Spider-man: Fiebre se articula como una miniserie de tres únicos números homenaje a Steve Ditko, lo cual resulta bastante evidente al observar el dibujo de Brendan McCarthy dentro de una historia, por otro lado, marcada por una narrativa y unos diálogos dadaístas y por un apartado gráfico psicodélico y alucinógeno de muy difícil digestión y que sólo se pueden explicar en el caso de que su autor haya encontrado el alijo olvidado de estupefacientes de Grant Morrison o Alan Moore y haya sido víctima de una sobredosis opiácea.

De esta manera, el mundo paranormal que refleja Brendan McCarthy recuerda a Pepperland, el hipnótico paraíso musical de la película animada de George Dunning de 1968 basada en la canción Yellow Submarine del grupo musical The Beatles de los que, casualmente, el guionista y dibujante de Spider-man: Fiebre se muestra tan bien un abierto admirador. Por lo demás, la obra presenta algunas reminiscencias inevitables de esos mundos fantásticos de influencias “peterpanistas” y “carrollianas” de la literatura infantil de finales del siglo XVIII y principios del siglo XX, y algún guiño al ocultista Aleister Crowley concretado en un personaje que aparece en la trama con un nombre y unas aficiones muy parecidas a las del histórico y extravagante místico. El dibujo de Brendan McCarthy asimila muy bien el trazo de Steve Ditko, a lo que colaboran los efectos especiales y los “ingeniosos fondos surrealistas y portentosas secuencias de color” de Steve Cook, aunque su fuerza visual se diluye en una obra hermética, poco accesible y con un ritmo mortecino que no consigue retener el interés del posible lector debido, principalmente, a encontrarnos ante una historia que sólo puede ser comprendida por su propio autor. Spider-man: Fiebre no funciona como viaje iniciático ni existencial de sus personajes, casi espectadores de excepción de los acontecimientos como nosotros mismos, ni como una simple aventura destinada al puro y llano entretenimiento pese a que Brendan McCarthy también se esfuerza en asimilar la narrativa setentera llena de bocadillos de pensamiento y cuadros narrativos. Centrándonos en el recopilatorio de Panini Cómics de la presente obra este se incluye dentro de su colección Marvel Graphic Novels y contiene los tres números originales de la serie concebida por Brendan McCarthy así como el mencionado The Amazing Spider-Man Annual 2 USA de Stan Lee y Steve Ditko a modo de complemento, aunque uno tiene la impresión de que debería ser justamente al contrario, y un texto introductorio de Celes J. López titulado Magia Febril. En definitiva, Spider-man: Fiebre es un cómic solamente recomendado para aquellos aficionados con una mentalidad muy abierta, para los que puedan ser capaces de disfrutar del ditkoniano apartado gráfico que Brendan McCarthy aporta a la obra y ser capaces de ignorar o subliminar sus defectos y excesos o, como en mi caso, para los que no tengan en su colección el annual de Stan Lee y Steve Ditko que "nos regala" este tomo.

15 de julio de 2011

-Cyanide and Happiness de Kris Wilson, Rob DenBleyker, Matt Melvin y Dave McElfatrick-


-Publicado Previamente en Zona Negativa-

"Sr. Washington, usted solo esta posando para un cuadro. 
Puede ponerse su ropa"

Aunque el webcómic es un formato que permite acercarse a cualquier tipo de género lo cierto es que son las creaciones humorísticas o tiras cómicas el camino que deciden seguir muchos autores noveles y algunos más veteranos a la hora de experimentar con las posibilidades que ofrece este medio. Esto puede deberse al hecho de que el humor es un género que permite una mayor libertad a nivel gráfico más difícil de mantener en una obra de fantasía o ciencia ficción aunque hay igualmente muchos webcómics de corte humorístico que destacan también por su dibujo y apartado artístico como pueden ser opciones tan dispares como En Dosis Diarias de Alberto Montt, el Conejo Frustrado de Mike Bonales o Bunsen de Jorge Pinto. En Zona Negativa ya hemos reseñado algunos webcómics enmarcados y planteados desde su vertiente humorística como Las Crónicas PSN de Andrés Palomino o el citado En Dosis Diarias de Alberto Montt pero la variedad que podemos encontrar pululando por internet es mucho mayor y realmente cualquiera puede encontrar lo que busca con un poco de suerte y por muy retorcido que sea su sentido del humor. Teniendo todo esto en cuenta uno de los webcómics que actualmente tiene más éxito y presencia en las redes sociales es Cyanide and Happiness, traducido a más de veinte idiomas, entre ellos el castellano, y en el colaboran Kris Wilson, Rob DenBleyker, Matt Melvin y Dave McElfatrick. Este cuarteto se ha especializado con Cyanide and Happiness en un tipo de humor negro, cínico y satírico, apoyado en un dibujo simplista y esquemático, secundando la ley del mínimo esfuerzo, en la línea del popular El Bueno de Cuttlas de Eduardo Pelegrín, en el que ningún tema se encuentra a salvo de su irreverente y desmitificadora mirada, teniendo como resultado una obra no apta para todos los públicos.


Lo primero que debemos tener en cuenta de Cyanide and Happiness es que no estamos ante una obra heterogénea y cohesionada, sobre todo en relación a su apartado gráfico que podríamos calificar de coral pues, aunque la mayoría de tiras cómicas de este webcómic siguen un estilo más o menos marcado, tomando como referencia el trabajo de Kris Wilson, cada autor le acaba aportando su propio y personal enfoque. Esto provoca, por ejemplo, que el trabajo Kris Wilson, creador del concepto original de Cyanide and Happiness , pueda parecer más expresivo y atractivo a la vista que el dibujo de Rob DenBleyker que resulta más parco que el de su compañero. Esto también tiene cierta relevancia en los guiones y los gags de las diferentes tiras cómicas en los que colaboran los cuatro autores y que presentan visiones algo distintas entre sí pese a la intencionalidad que mantienen en común. Cyanide and Happiness , por otro lado, se sirve más de una vez de la ruptura del formato o de la vulneración de la cuarta pared y otros trucos metaficcionales, sus personajes evidencian en muchas tiras cómicas ser plenamente conscientes de haberse convertido en actores animados de un webcómic. Cyanide and Happiness , por encontrar alguna comparación posible, parece seguir la estela de la polémica serie de animación South Park creada por Trey Parker y Matt Stone con la que comparte su tono gamberro y cínico aunque sin el desarrollo de historias o personajes que encontramos en dicha serie estadounidense.


Por supuesto, las referencias a la cultura pop están presentes en Cyanide and Happiness , aunque tampoco son el sustento del webcómic, pese a la aparición, más o menos habitual, de celebridades de lo más variadas, actuales e históricas, como pueden ser Lindsay Lohan, George W. Bush, Steven Tyler, George Washington, The Beatles o Isabel II de Inglaterra, siempre con una especial presencia británica debido al origen de este webcómic que incluso ha llegado a protagonizar anuncios publicitarios en Gran Bretaña. En este país se ha publicado algún recopilatorio de tiras cómicas de este webcómic pero, por el momento, no ha sido una idea que se haya exportado a otras tierras por lo que la mejor manera de seguir disfrutando del desfasado humor de Cyanide and Happiness la encontraremos en internet. En resumen, Cyanide and Happiness es un webcómic que no deja indiferente, amante de la controversia y del humor punzante e incluso escatológico, lo que todo la vida se ha conocido como de mal gusto, aunque extrañamente y sorprendentemente agudo y lúcido en muchas ocasiones para ser una obra que nació como un simple entretenimiento para matar las horas muertas de Kris Wilson al verse este postrado en la cama a causa de una faringitis estreptocócica.




14 de julio de 2011

-Superman: Hijo Rojo de Mark Millar y Dave Johnson-


-Publicado Previamente en Zona Negativa-


“¿Quién te crees que eres, volando por ahí y vistiendo nuestra bandera? ¿Cómo pueden considerarte un símbolo de todo en lo que creemos si ni siquiera eres de este planeta? [...] La prueba viviente de que no todos los hombres son creados iguales”
 

Superman. El llamado Hombre de Acero. El primer superhéroe en mayúsculas de la historia del cómic. Un personaje creado por los estadounidenses Jerry Siegel y Joe Schuster a principio de los años treinta del pasado siglo XX que, a lo largo de sus casi ochenta años de existencia, se ha convertido en un icono popular capaz de trascender el propio mundo de la viñeta, como pocos personajes del género superheroico han conseguido después de él, para convertirse en una idea, un símbolo y un concepto, que a lo largo del tiempo ha ido adquiriendo cierto carácter nietzscheano e incluso mesiánico, a propósito de nuestra frágil humanidad y nuestros anhelos de futuro. Superman, como un sosias contemporáneo del mito hercúleo grecolatino, representa una nueva encarnación del antiguo héroe solar enfrentado a los monstruos que intentan apropiarse de nuestro mañana, como bien insinuaban Grant Morrison y Frank Quitely en su destacada All Star Superman. De esta manera, como un ancestral personaje de estas mitologías clásicas, Superman ofrece una perspectiva y una capacidad interpretativa sobre el universo conocido y sobre nosotros mismos que no puede ocultar su preponderante potencial metafórico y alegórico. Desde su nacimiento han sido muchos los autores que han querido, algunos menos los que han conseguido, aprovecharse de este hecho en sus historias y relatos para, más allá de entretenernos, hacernos pensar y reflexionar sobre los más variados temas políticos, sociales, éticos e incluso, o sobre todo, existenciales. Sólo de esta manera se puede explicar como en una obra como Superman: Hijo Rojo, un cómic creado por Mark Millar y Dave Johnson en 2003, el famoso Hombre de Acero sea capaz de acabar convertido en “la utopía definitiva del obrero” enarbolada por el hoy casi extinto movimiento comunista y la premisa, lejos de caer en el absurdo, resultar una atractiva e interesante propuesta. En esta historia, publicada dentro del sello Elseworlds de DC Comics, se presenta una vuelta de tuerca respecto al mítico superhéroe pues, al contrario de otras veces, en este cómic Superman no defiende el status quo estadounidense y su salvaje idealismo capitalista, su american way of life que tanto parece preocupar a Mark Millar, sino que se presenta como el abanderado y valedor del comunismo de la hoy desaparecida Unión Soviética. Esta premisa ideada y desarrollada por Mark Millar, a la que colaboran los lápices de Dave Johnson, no cae en saco roto ni resulta gratuita, como muchas veces ha ocurrido con propuestas del mismo corte, ya habiéndose hecho un hueco en el imaginario del personaje y en el catálogo de los mejores relatos que de él hemos podido leer en esta última década.

Superman: Hijo Rojo se sitúa en los años cincuenta, en la época de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, un marco histórico que se esta convirtiendo en algo recurrente en el género superheroico, tanto en el mundo del cómic como atestigua el ya clásico y pionero responsable de este tópico, el Watchmen de Alan Moore y David Gibbons, como en lo referente a las adaptaciones cinematográficas, siendo este el caso de la reciente X-Men: Primera Generación de Matthew Vaughn. El guionista escocés Mark Millar, “el maestro de las ideas simples y obvias”, como él mismo asegura que le tiene en consideración el editor marvelita Dan Buckley, sabe aprovecharse en Superman: Hijo Rojo de algunos “pequeños huecos” e ideas abandonadas y apenas esbozadas por el conocido mago de Northampton en la mencionada Watchmen para reutilizarlas en el beneficio del relato que aquí nos propone. De esta manera, su retrato de este Superman soviético juega un papel muy parecido al del estadounidense Dr. Manhattan, compartiendo con este su configuración divinizada y su incomprensión hacia algunos roles y actitudes humanas pero diferenciándose, por otro lado, en sus respectivas implicaciones hacia la sociedad que les ha amamantado y visto nacer. En el caso del primero, Superman, esto se traduce en un militante y directo intervencionismo de marcado carácter político y nacionalista que se contrapone al autoimpuesto colaboracionismo nihilista y apático que desprende el D. Manhattan. En el otro lado de la ecuación, Lex Luthor, el archienemigo por antonomasia en las historias de Superman, se presenta en Superman: Hijo Rojo como un ambiguo humanista científico y benefactor de la raza humana, un perfil relacionado con las raíces más clásicas del famoso villano y que Brian Azzarello y Lee Bermejo analizarían en más profundidad en Lex Luthor: Hombre de Acero, una obra con una narrativa marcadamente freudiana algo alejada de la que Mark Millar propone en la presente obra. No obstante, en Superman: Hijo Rojo descubrimos un Lex Luthor rico en matices, un ególatra y presuntuoso autodidacta con aspiraciones dictatoriales que no puede evitar comprobar como su nación languidece bajo el peso de su propio sistema capitalista mientras el ideal viviente del superhombre encarnado en Superman, el comunismo, amenaza con extenderse por todo el mundo logrando que “Rusia se sienta tan indestructible como él”.

Mark Millar en Superman: Hijo Rojo nos brinda, sin lugar a dudas, su obra más redonda hasta la fecha, ofreciéndonos su mejor cara como guionista, con una trama llena de conceptos e ideas que maneja con cierta soltura, a pesar de en el fondo no ser más que un popurrí de influencias que el guionista expolia de diversos lugares, y que se aleja sobremanera del efectismo y el “salvajismo comercial” de otras propuestas suyas más recientes como Kick-Ass, Némesis o Wanted. Pero, curiosamente, también estamos ante uno de los trabajos más infravalorados de este autor, un cómic que ha pasado algo desapercibido entre sus aficionados y entre el fandom pese a sus destacadas virtudes, posiblemente debido a la aparentemente farragosa carga política utilizada, que realmente se trata ligeramente y con algún que otro estereotipo, y que toma como referencia la literatura distópica de la primera mitad del siglo XX. Esto queda patente en la misma figura superheroica que nos traslada la historia, un Superman defensor de la utopía comunista establecida, aunque irónicamente su sola existencia suponga una corrupción evidente de la doctrina marxista, un Gran Hermano que consolida un mundo desprovisto de todo tipo de males, crímenes o hambrunas y donde todos los ciudadanos son iguales, lo que se traduce, curiosamente, en una carencia de libertades. Superman representa pues a ese tipo de “superhéroe tutelar” dispuesto a cambiar el mundo por la fuerza, como hemos visto en otras obras del género como The Authority, donde ya Mark Millar jugaba con dicha idea junto a Frank Quitely después de la previa etapa de Warren Ellis y Bryan Hitch, o el más reciente The Mighty de Peter Tomasi y Keith Champagne, por poner sólo un par de ejemplos. Esta “dictadura benevolente” es un hecho que en Superman: Hijo Rojo combatirán los rebeldes y opositores al régimen, liderados por un Batman que recuerda sospechosamente en espíritu al héroe anárquico de V de Vendetta de Alan Moore y David Lloyd, “por su derecho a vivir en el infierno”.

El revisionismo histórico y la citada novela de ciencia ficción distópica se entremezclan en Superman: Hijo Rojo, como en los esquemas habituales de este tipo de obras, en la línea de Un Mundo Feliz de Aldous Huxley, 1984 de George Orwell, Fahrenheit 451 de Ray Bradbury o la más desconocida, pero antecesora a estas, Nosotros de Yevgeni Zamiatin, es clave la figura del disidente que acaba descubriendo y luchando contra las injusticias del estado totalitario. Este papel lo juega en la obra de Mark Millar su peculiar versión soviética de Batman que mencionábamos, un personaje incapaz de diferenciar entre justicia y venganza, cuya oposición al régimen que representa Superman, consolidado durante el gobierno represivo de Iósif Stalin, es férrea e inquebrantable, lo que le llevará a convertirse “en el lado oscuro del sueño soviético”. Mark Millar, con buen criterio, se muestra hábil a la hora de relatar una historia en la que predominan este tipo de grises y en el que conviven toda una galería de ambiguos personajes que luchan por su verdad y entre los que se diluye el concepto superheroico sin llegar a manisfestarse totalmente. De esta manera, Superman: Hijo Rojo es capaz de superponerse a la tentación de tomar un partido más activo por alguno de los bandos en conflicto lo que sólo podría haber desembocado en un trasnochado alegato anticomunista o en un vanal ensalzamiento del libre mercado y de los valores liberales estadounidenses aunque su final, no cabe duda, puede estar sujeto a diferentes y partidarias interpretaciones. No obstante, para llegar a este punto intermedio de entendimiento, su autor acaba sustentándose en el contexto histórico que ha utilizado como punto de partida. Así, en Superman: Hijo Rojo encontramos algunos cameos de figuras históricas de primer nivel, como el mencionado Iósif Stalin o J. F. Kennedy, desprovisto en el cómic de su habitual “aura idealizada” debido a los acontecimientos distorsionados respecto a nuestra línea temporal, o de hechos reales que se combinan con la presencia de algunos de los personajes insignia de DC Comics en roles diferentes a los que suelen jugar habitualmente, como es el caso de Green Lantern y sus “terrenales” Corps., la princesa Diana (Wonder Woman), el periodista del Daily Planet Oliver Queen (Green Arrow) o el caso ya comentado de Batman. En una situación parecida encontramos en Superman: Hijo Rojo a la galería recurrente de personajes secundarios de las aventuras de Superman, con un Jimmy Olsen agente del gobierno de los Estados Unidos, una Louis Lane casada con Lex Luthor, una Lana Lang fervorosa defensora de los derechos de los obreros o villanos como Brainiac, Bizarro, curiosamente el Superman estadounidense de la historia, y el mencionado Lex Luthor, además de ciertos guiños a la mitología del personaje como, por ejemplo, La Ciudad Embotellada de Kandor, convertida para la ocasión en La Ciudad Embotellada de Stalingrado.

En cuanto a su estructura, Superman: Hijo Rojo se divide en tres partes, la primera de ellas titulada El Amanecer del Hijo Rojo, centrada en presentarnos la forja de este Superman y su relación con el mundo de los años cincuenta; la segunda, El Apogeo del Hijo Rojo, en la que se nos relata la llegada de este al poder ya en los años setenta y su insistente persecución de la utopía y, finalmente, El Ocaso del Hijo Rojo, ya en pleno siglo XXI, donde asistimos al desenlace de la historia con un final, al parecer propuesto por Grant Morrison, que resulta en toda una paradoja futurista muy propia del género de ciencia ficción y de las fábulas políticas y que también funciona como homenaje implícito a la génesis del conocido Hombre de Acero. En el apartado gráfico, el dibujo de Dave Johnson y Killiam Plunkett cumple con lo esperado, un trazo simple pero lo suficientemente agradable y detallado como para no entorpecer la historia desarrollada por Mark Millar que intenta retrotraernos en cadauna de las partes del cómic al momento histórico que representan. Cabe destacar, en este aspecto, las portadas originales y alternativas del cómic que recuerdan, intencionadamente, a las campañas propagandísticas de la Segunda Guerra Mundial y la posterior etapa de Guerra Fría y también la lograda labor de adaptación simbólica de los reconocibles personajes que pueblan las páginas de Superman: Hijo Rojo. Completando el conjunto, las tintas de Andrew Robinson y Walden Wong y el color de Paul Mounts acaban por configurar un estilo estéticamente sobrio y mesurado que resulta en “un cómic kafkiano y propio de Max Fleischer”, como lo describe el escritor y productor cinematográfico Tom DeSanto en la introducción a la edición de Planeta DeAgostini de la presente obra y que lleva por título Mamá, tarta de manzana, Chevrolet y Superman. En nuestro país, Superman: Hijo Rojo fue publicada previamente por Norma Editorial pero la citada edición de Planeta DeAgostini es la más reciente que podemos encontrar en las librerías, un tomo que incluye todas las portadas originales y sus variantes así como una galería de bocetos comentados por el mismo Dave Johnson donde confiesa, entre otras cosas, que sus amigos también encuentran ridícula la capucha rusa que Batman luce en el cómic. En definitiva, Superman: Hijo Rojo es una obra muy recomendable para aquellos que gustan de este tipo de experimentos y realidad alternativas o para los que buscan algo más que una historia de acción superheroica al uso pues, en ese sentido, la propuesta de Mark Millar y Dave Johson tampoco defrauda pero, lejos de quedarse ahí, nos ofrece un transfondo muy interesante y lleno de matices, muy dado a diversas y futuras relecturas. Superman: Hijo Rojo, en definitiva, es una oportunidad para vislumbrar la leyenda de Superman desde una óptica distinta que deja al descubierto la enorme capacidad simbólica y mitológica de unos de los personajes más icónicos del nuestra época.

Ver también:
Lobezno: El Viejo Logan de Mark Millar y Steve McNiven
Wanted de Mark Millar y J.C. Jones  
Kick-Ass de Mark Millar y John Romita Jr.

11 de julio de 2011

Reflexiones y Citas "Extraordinarias"


"Considerando la en su momento fiera campaña "libraos de Lobezno" que pululó por las páginas de los X-men, es impresionante lo lejos que ha llegado el personaje. Pasó de ser un personaje marginal a ser el centro de la serie"

Peter David en el artículo Estrellas Invitadas de 1991 de su columna But I Digress en la revista Comic Buyer´s Guide

8 de julio de 2011

-Freefall de Mark Stanley-

-Publicado Previamente en Zona Negativa-



“¡Si hay un problema y la duda te apabulla, corre en círculos, grita, chilla y aúlla!”
 
El fenómeno que hoy conocemos como webcómic empezó a pegar con fuerza a finales de los años noventa y tuvo en Scott McCloud, guionista, ensayista y teórico del mundo del cómic a partes iguales, a uno de sus mayores defensores y abanderados, una moda que él mismo analizó en su destacada La Revolución de los Cómics, la polémica secuela de su obra magna Entender el Cómic. El propio Scott McCloud ha colaborado y puesto en práctica las posibilidades reales del webcómic con experimentos como The Right Number, un webcómic sobre “matemáticas, sexo, obsesiones y números de teléfono” con un ingenioso diseño, o Zot! Online: Hearts & Minds, un capítulo especial de su historieta más conocida, y también ha puesto en marcha de eventos como el 24 Hour Comics Day en el que han participado reconocidos autores de la talla de Dave Sim, Stephen R. Bissette, Rick Veitch o Neil Gaiman. Esta publicidad, sin duda, ha facilitado y propiciado en las dos últimas décadas la aparición en internet de propuestas de todo tipo relacionadas con el webcómic de las que podemos citar, remitiéndonos ahora y exclusivamente a obras publicadas en habla inglesa, el Sluggy Freelance de Pete Abrams, el Penny Arcade de Jerry Holkins y Mike Krahulik, Megatokyo de Fred Gallagher, Ctrl+Alt+Del de Tim Buckley o Freefall de Mark Stanley. Este último se empezó a publicar en el año 1998 lo que lo convierte en uno de los webcómics más veteranos del medio y aún hoy sigue en activo después de cientos de tiras a sus espaldas, una obra de humor y ciencia ficción escrita y dibujada por el mencionado Mark Stanley cuyo trabajo le valió ganar en 2001 el premio Web Cartonist’s Choice Awards en la categoría Mejor Webcómic de Ciencia Ficción. El éxito de Freefall ha auspiciado que, como el caso de otros webcómics que han ido adquiriendo cierta fama en las redes sociales, haya sido traducido a varios idiomas, entre ellos al castellano, por los siempre altruistas aficionados e internautas. Publicada originalmente en blanco y negro, Freefall sería coloreada posteriormente por George Peterson, pero el resultado no cambia la impresión sobre un webcómic ya ciertamente histórico.


 Freefall es una historia enclavada en un futuro (muy) lejano en un planeta llamado Jean que se encuentra en los estadios finales del proceso conocido como “terraformación”, sistema mediante el cual la humanidad ha pasado a colonizar y adaptar otros mundos del espacio exterior a sus necesidades sirviéndose, especialmente, de sus logros en el campo de la robótica. En este punto y lugar comienza la epopeya de la desastrosa tripulación de la nave espacial Savage Chicken capitaneada por Sam Starfall, un perezoso y amoral alienígena humanoide cuya raza evolucionó de un cefalópodo primigenio, y al que acompañan Helix, un robot bobalicón dedicado a tareas de carga y descarga que ha ido mimetizando los deshonestos comportamientos de su compañero, y Florence Ambrose, ingeniera de a bordo y loba antropomorfa de la “raza Bowman”, resultado de las pruebas genéticas llevadas a cabo por la poderosa empresa Ecosystems Unlimited. Estos tres personajes son los que sustentan la trama de Freefall, organizada en tiras cómicas de apenas tres o cuatro viñetas, a la que Mark Stanley va añadiendo, poco a poco, toda una amplia galería de personajes secundarios. Entre estos tienen especial protagonismo e importancia los robots, como el obrero Sawtooth Rivergrinder o el presuntuoso sastre robótico Triac, que presentan gustos e inhibiciones propiamente humanas y gozan de una destacada autonomía sujeta a ciertas normas y leyes que muchas veces parecen ignorar deliberadamente.


 Freefall se podría considerar una parodia ligera del género de ciencia ficción, sin llegar a los bucles surrealistas de La Guía del Autoestopista Galáctico de Douglas Adams ni a la locura kitsch del Mark Attacks! de Tim Burton, más bien todo lo contrario, este webcómic presenta un tono cercano a la tira cómica clásica que han encarnado tradicionalmente historietas como el Peanuts de Charles M. Schulz o el Calvin y Hobbes de Bill Watterson. En base a esto, el universo fantástico que plantea Freefall, está supeditado a los personajes y a los diálogos, con cierto toque a la comedia de situación, no tanto a la acción pues incluso se puede considerar que el trasfondo propio del género de ciencia ficción de este webcómic es más bien una excusa puramente circunstancial. Freefall sigue una cierta continuidad que se va desarrollando lentamente a lo largo del tiempo y que va cobrando importancia escalonadamente a medida que las tramas se vuelven algo más ambiciosas y se expande la mitología y universo concebidos por Mark Stanley, en lo cual tiene mucha influencia la literatura de Isaac Asimov y su temática robótica, sin perder en el camino su particular enfoque humorístico en ningún momento. El apartado gráfico de Freefall puede ser lo más flojo de este webcómic, teniendo en cuenta que hablamos de una obra de ciencia ficción y lo que eso supone, pero encaja en el planteamiento y el tono utilizado por Mark Stanley, dentro de una historia de personajes con un claro enfoque humorístico. Una obra, en definitiva, que se encuentra cómoda en las distancias cortas y sabe jugar con las herramientas que tiene más a mano: imaginación e ingenio.

7 de julio de 2011

-Daredevil: El Diablo en el Infierno de Ann Nocenti John Romita Jr.-

-Publicado Previamente en Zona Negativa-

"Solías creer que un solo hombre, por muy insignificante que fuera, podía combatir el mal. Que era capaz de desafiarlo, y plantarle cara. Creías que por el mero hecho de desafiar a la maldad, eras más importante, más grande y más noble. Pero estás dejando de creer en ello, Daredevil"

Desde que en 1986 Frank Miller, apoyado en los lápices de David Mazzuchelli, se sirviese de su saga Born Again para colocar la última “piedra fundacional” que habría de configurar y marcar decisivamente, para bien y para mal, a un personaje como Daredevil y a las historias que de él se contarían en décadas venideras, los autores y artistas que después del siempre polémico guionista estadounidense llegarían a la colección habrían de lidiar con la sombra de este que les perseguiría entre viñetas como una mala pesadilla de la que es imposible escapar. Tener la capacidad de superar fácilmente el legado que Frank Miller había dejado era inviable, asumirlo e intentar aportar algo nuevo era algo arriesgado, por lo que sólo unos pocos autores elegidos han sabido comprender que únicamente a través de una visión tan personal e inspirada como la propuesta por el artífice de El Regreso del Caballero Oscuro y Sin City serían capaces de luchar, al menos, con alguna esperanza en el horizonte. Eso ha provocado indirectamente que la serie regular de Daredevil, desde su nueva génesis, se haya convertido en una campo de experimentación del que han salido, más o menos bien libradas, etapas como la de D.G. Chichester y Lee Weeks, J. M. DeMatties y Ron Wagner, Brian Michael Bendis y Alex Maleev o la de Ed Bubaker y Michael Lark. Pero a finales de los años ochenta, después de la segunda marcha de Frank Miller, la sensación que circulaba en el ambiente era que difícilmente nadie podría superar con éxito aquel punto y aparte en la historia de Daredevil y la colección se volvería a hundir en la mediocridad como había pasado anteriormente cuando Denny O’Neil paso a encargarse de la serie regular del personaje. En este caso, la responsabilidad de enfrentarse a ese reto sería de una casi desconocida Ann Nocenti, una autora que acostumbraría a vestir sus historias de un fuerte componente de denuncia social, reconocida por sus ideas progresistas y su militante feminismo, que no tenía nada que envidiar en lo narrativo a Frank Miller ni a otros guionistas del momento, aunque el tiempo ha sido algo injusto con su trabajo y con su posición dentro del mundo del cómic del que desapareció a principio de los noventa porque, como ella misma cuenta, “simplemente dejaron de encargarme cómics”. Contra todo pronóstico, la etapa de Ann Nocenti, a la que se uniría posteriormente en el apartado gráfico el incombustible John Romita Jr., se convertiría por méritos propios en una de las mejores que ha vivido El Hombre Sin Miedo en sus casi cincuenta años de historia a pesar de que, por desgracia, pocas veces ha sido reeditada y que en nuestro país sigue en parte inédita.

Pero para hacer un poco de justicia sobre esto último recientemente, dentro de su colección Marvel Héroes, Panini Cómics ha publicado un tomo, el número veinte de la colección, dedicado al Daredevil de Ann Nocenti bajo el título de El Diablo en el Infierno y que incluye los números #265 al #273 de la serie regular del personaje. Estos números corresponden al inicio del “segundo acto” de la etapa orquestada por la guionista estadounidense cuando Matt Murdock, profundamente devastado por sus desencuentros con Maria Tifoidea y Karen Page, decide abandonar New York para vagar sin rumbo fijo por la América profunda. La primera historia de este recopilatorio, Contemplamos De Nuevo Las Estrellas, nos sitúa directamente en el corazón de la epopeya desarrollada por Ann Nocenti, en las consecuencias directas que se desprenden del crossover mutante Inferno de 1989 que ha provocado que la ciudad se encuentre sumida en el caos debido a una “infección demoníaca”. Pero, no sin cierta habilidad, Ann Nocenti aprovecha la situación para relacionar a Matt Murdock, en pleno estado de shock, con el demonio Mefisto que intenta tentar al héroe en sus horas más bajas y cuyas acciones tendrán su importancia e interés en sucesivos números, como los que resultan de la gestación del villano Blackheart. La ambientación de género negro, con la que Frank Miller había rebautizado al personaje, sigue presente en estas historias y Ann Nocenti se desenvuelve bien en ellas aunque tiene mayor tendencia en sus relatos a tocar temas de mayor calado social, supeditando la acción a estos en todo momento, como pueden ser el maltrato animal y el ecologismo radical, el miedo al holocausto nuclear o el concepto de lo femenino y de lo masculino en la sociedad contemporánea. Esto provoca que Ann Nocenti caiga alguna vez en un tono excesivamente panfletario y moralizante, sobre todo teniendo en cuenta que hablamos de un cómic de corte superheroico al uso, aunque la propia naturaleza del personaje, abogado y justiciero al mismo tiempo, se prestan con facilidad a este tipo de experimentos y el resultado no resulta, ni mucho menos, desafortunado.

Esta doble condición del personaje que hemos mencionado, la de abogado y justiciero, una de sus grandes y atractivas paradojas de Daredevil, sirven de base para abordar otros perfiles del mismo, como su devoción católica que otros autores han obviado en sus etapas, como es el caso de Ed Brubaker y Michael Lark, y que siempre ha propiciado momentos cumbre en la vida de Matt Murdock. Una autora como Ann Nocenti, como también Brian Michael Bendis haría tiempo después en la era Marvel Knights, es capaz de percatarse del trasfondo y profundidad que desprende un personaje como Daredevil, posiblemente uno de los más agradecidos en ese sentido de todos los presentes en el catálogo de la factoría Marvel Comics, tanto que ni siquiera sus creadores, Stan Lee y Bill Everett, fueron capaces de vislumbrar todo el potencial que este atesoraba cuando lo concibieron a principios de los lejanos años sesenta. Por otro lado, la aportación de John Romita Jr. al conjunto es impecable, con un dibujo muy alejado del tipo de trazo al que hoy en día le ha conducido su evolución artística y que, en comparación con el que aquí podemos disfrutar, resulta mucho más artificioso, acartonado y carente de matices, dando por cierta esa máxima que dice que cualquier pasado siempre fue mejor. El nivel de detallismo de sus lápices y la expresividad que en estos números alcanza John Romita Jr., beneficiados por el excelente entintando del recientemente fallecido Al Williamson, se antojan uno de los momentos cumbre de su carrera y contrastan con el personal estilo que desde entonces ha ido desarrollando. John Romita Jr. consigue ofrecer a la etapa de Ann Nocenti la estabilidad gráfica necesaria de la que había carecido esta en sus primeros números en la que hubo un constante baile de dibujantes, con ilustres nombres como Sal Buscema, Todd McFarlane o Keith Giffen que, no obstante, siempre estaban de paso.
Los números recopilados por Panini Cómics en este tomo saben a poco, presentan muchos huecos y ausencias notables (como la creación de un personaje tan relevante como Maria Tifoidea) respecto al resto de la larga trayectoria de Ann Nocenti en la serie; sirve para hacerse una idea del tono de las historias concebidas por esta guionista y son una muestra del brillante pasado de John Romita Jr. que, a veces, nos empeñamos en olvidar, pero no pueden ofrecer una visión global y de conjunto de esta destacable etapa. Esperemos que este sea el preámbulo que anuncie una próxima reedición de la obra completa de Ann Nocenti en Daredevil por parte de Marvel Comics, y posteriormente por Panini Cómics, que se siguen haciendo de rogar en este tema pese a ser una de las etapas más demandadas por los aficionados de El Hombre Sin Miedo. De momento, no hay otro remedio, nos tendremos que conformar con este aperitivo que nos ofrece la colección Marvel Héroes de Panini Cómics que recopila todas las portadas originales de los números incluidos en el tomo y que se inicia con una introducción del omnipresente Julián M. Clemente titulada La Senda del Diablo en la que analiza brevemente el trabajo de Ann Nocenti en Daredevil. La gran virtud de esta autora, infravalorada en gran medida por la industria estadounidense y parte del fandom, es haber sabido plantear una etapa original y atípica en la historia del personaje, sin desdecir a su antecesor Frank Miller sino, más bien, sustentándose en el trabajo de este y arriesgando para concebir unas historias llenas de intenciones, ideas y matices. Por otro lado, es cierto que estos mismos planteamientos, donde cada vez tenían más presencia los elementos cósmicos del vasto Universo Marvel y que tan ajenos parecen a priori de Daredevil, apenas aún desarrollados en el presente tomo, se le acabaron escapando de las manos a Ann Nocenti pero eso no quita un ápice de mérito ni interés al largo y productivo viaje que durante seis años nos dejo un legado de imprescindibles relatos que no han hecho más que enriquecer la leyenda del diablo rojo de Hell´s Kitchen.

Ver también:


1 de julio de 2011

-Atomic Robo y Otras Rarezas de Brian Clevinger y Scott Wegener-

-Publicado Previamente en Zona Negativa-

“No ayuda a tu credibilidad como dinosaurio con superingenio que viaja en el tiempo, si destacamos el hecho de que estás basado en una especie totalmente ficticia de la película Jurassic Park”
 

Atomic Robo y Otras Rarezas es la cuarta entrega de las aventuras del simpático y entrañable personaje creado por Brian Clevinger y Scott Wegener en el año 2007, publicado por la editorial Red 5 Comics en Estados Unidos y por Norma Editorial en nuestro país. Este nuevo recopilatorio supone un respiro para sus responsables, según ellos mismos, respecto al anterior número, Atomic Robo y La Sombra de Más Allá del Tiempo, pasando de la enrevesada e hilarante saga temporal que en esta disfrutamos al presente compendio de historias cortas que podremos encontrar en este nuevo tomo. Como de manera simpática apunta el guionista marvelita de la actual etapa de The Amazing Spider-man, Dan Slott, en la introducción a esta cuarta entrega de la colección que firma con entusiasmo desde “9 manzanas al sur y 5 avenidas al este de las oficinas centrales de Tesladyne”, este cómic cuenta las aventuras de “un robot que lleva pantalones y utiliza rifles de rayos” y sólo eso ya justifica sobradamente su lectura para cualquier amante del género de aventuras y ciencia ficción. No obstante, pese a la buena salud que sigue desprendiendo el personaje, Atomic Robo y Otras Rarezas puede parecer un paso atrás respecto al rumbo in crescendo que había tomado la serie desde Atomic Robo y Los Perros de la Guerra, siendo además este recopilatorio el que menor número de páginas contiene respecto a las anteriores entregas, pero Brian Clevinger y Scott Wegener no se han desviado del camino que ellos mismos se han marcado y su creación sigue presentando sus señas de identidad habituales determinadas, principalmente, por su extraordinariamente fresco sentido del humor, su concepto de aventura científica pulp y su ligero y espectacular tratamiento de la acción. Por lo demás, a estas alturas, poco podemos decir que no hayamos dicho ya con anterioridad de Atomic Robo y del atractivo trabajo que hasta ahora han venido realizando Brian Clevinger, Scott Wegener y Ronda Pattinson en la serie, tanto bueno como malo, por lo que si llegados a este punto no hemos conseguido convenceros de lo recomendable de este producto y que hayáis decidido acercaros a ella por propia voluntad, Atomic Robo y Otras Rarezas puede que no sea el mejor momento para cambiar de opinión pero, como suele decir la expresión popular, más vale tarde que nunca.

Entrando en materia Atomic Robo y Otras Rarezas se compone de cuatro historias independientes que intentan profundizar en el universo del único robot con “inteligencia automática” del mundo, planteando nuevas situaciones y personajes y dejando abiertas cuestiones y tramas que parece tendrán su importancia, o eso esperamos, en el desarrollo futuro de la continuidad de la serie. El primer relato que encontramos en este tomo tiene por título El Primer Día de Bernard, uno de los miembros habituales del equipo de Atomic Robo, y en él asistimos a un nuevo y divertido enfrentamiento de nuestro metálico héroe, el invencible Jenkins y sus “científicos de acción” con los espectros de la Dimensión Vampírica en lo que supone un día de trabajo normal y corriente en las oficinas centrales de Tesladyne. Posteriormente, en Big In Japan, posiblemente la historia más floja de las cuatro recopiladas en este tomo, Atomic Robo visita al Dr. Yumeno en Japón con el objetivo de realizarle una consulta científica sobre uno de sus descubrimientos más recientes pero estando allí tendrá que lidiar con la amenaza autóctona, el villano Dr. Shinka y su facción Biomega, junto a un grupo de “cientihéroes”, como bien los llamaría Alan Moore, conocido como Science Team Super Five y que parecen haber visto demasiados capítulos de series del género tokusatsu japonés en la línea de los Power Rangers o la más clásica Ultraman. Por otro lado, en Por Qué Dr. Dinosaur Odia a Atomic Robo, a la postre el Atomic Robo Free Comic Book Day 2009, tenemos una de las mejores historias de la serie hasta la fecha, con la presentación en sociedad de uno de los más carismáticos villanos a los que se ha enfrentado hasta ahora Atomic Robo, un relato con unos diálogos especialmente inspirados y un sentido de la acción frenético y adictivo. Más relajado es el último número titulado Alma Incandescente, un relato que parece un cierto homenaje a Los Cazafantasmas de Ivan Reitman, con la participación de otro de los enemigos más fatales a los que ha hecho frente nuestro protagonista, destinado a tener muchos más minutos de gloria en un futuro, presumiblemente en el próximo tomo de la serie Atomic Robo y El Letal Arte de la Ciencia, y cuya identidad no cogerá por sorpresa a los seguidores habituales de la serie.

En cuanto a las inevitables y tradicionales historias cortas a modo de complemento extra que encontramos en todos los recopilatorios de la serie, guionizadas habitualmente y casi sin excepción por Brian Clevinger, en este caso también parten de premisas que podrían desarrollarse con más amplitud en sucesivas entregas de la colección. Teniendo esto en cuenta, dos de las historias de este apartado, una de ellas sin título dibujada por Dave Flora y otra bajo el nombre de Misión de Rescate contando con los lápices de Matthew Warlick, nos hablan de la espinosa relación de Atomic Robo con el gobierno de Estados Unidos que durante años, desde 1947 más concretamente, ha intentado desarrollar en secreto tecnología robada a Nikola Tesla, con claros fines armamentísticos, dentro del llamado Proyecto Majestic . Un programa gubernamental y secreto auspiciado por por el presidente Harry S. Truman y su Secretario de Defensa James Forestall que hacen sus correspondientes cameos en esta aventura. Después de esta “duología” , con un final bastante abierto, encontramos el relato La Fuga en el que colabora el dibujante Joseph Dellagatta y que cuenta, casi a modo de anécdota, la detención por parte de Atomic Robo de un par de maleantes que huyen en coche de la autoridad civil y que verán con terror como nuestro héroe hace caer sobre ellos todo el peso de la justicia. Finalmente, en otra historia sin título aparente, encontramos el breve y gastronómico regreso del Dr. Dinosaur al que Eric Allred pasa a dibujar para la ocasión.

La edición de Norma Editorial de la presente Atomic Robo y Otras Rarezas no presenta diferencias notables con las anteriores entregas completando el tomo una serie de bocetos de la serie que, en este caso, no cuentan con los comentarios pertinentes de sus autores, y el ya también habitual apartado Unas Palabras de los Creadores donde Brian Clevinger y Scott Wegener nos hacen partícipes de algunas de sus impresiones respecto al rumbo que sigue su trabajo. En la contraportada de este número, por otro lado, encontramos anunciada ya la publicación del próximo título de la colección, el ya mencionado Atomic Robo y El Letal Arte de la Ciencia, que esperamos acabe de suponer ese salto de fe hacía delante necesario y vital para la serie. No se debe malinterpretar este último comentario, la creación de Brian Clevinger y Scott Wegener ya se ha hecho un lugar entre los cómics del género con justicia pues la calidad general de sus historias es evidente pero, en ocasiones, parece que sus autores vayan un poco a ralentí y desperdicien demasiados esfuerzos en relatos de complemento que, a menudo, sólo funcionan como curiosidad, en vez de dar un impulso definitivo a la continuidad de la serie y explotar más certeramente la interesante galería de personajes secundarios a la que han conseguido insuflar vida. Esto puede ser un elemento determinante para mantener la atención de los seguidores de Atomic Robo pues es normal esperar que un proyecto de este tipo vaya progresando adecuadamente y no a empujones, como a veces da la sensación, por mucho que internamente sus historias regulares funcionen a la perfección y muestren pocas fisuras. Por otro lado, la extraordinaria fluidez narrativa de la serie siempre deja ganas de más y este puede ser un elemento que condicione esta perspectiva, pues al fin y al cabo Atomic Robo es un cómic que, por otro lado, sigue siendo tan entretenido, fresco y divertido como el primer día y al que pocos defectos más podemos encontrarle. No obstante, no debemos dar más importancia a esto último pues toda indica que este es el camino que seguirá Atomic Robo y El Letal Arte de la Ciencia, con una historia ambientada en 1930 en la que un joven Atomic Robo y su creador, Nikola Tesla, tendrán que hacer frente a su más mortífera némesis: el prolífico y malvado inventor Thomas Alva Edison. ¡Como para perdérselo!

Ver también:
Atomic Robo y Los Científicos de Acción de Tesladyne
Atomic Robo y Los Perros de la Guerra
Atomic Robo y La Sombra de Más Allá del Tiempo 

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