14 de julio de 2011

-Superman: Hijo Rojo de Mark Millar y Dave Johnson-


-Publicado Previamente en Zona Negativa-


“¿Quién te crees que eres, volando por ahí y vistiendo nuestra bandera? ¿Cómo pueden considerarte un símbolo de todo en lo que creemos si ni siquiera eres de este planeta? [...] La prueba viviente de que no todos los hombres son creados iguales”
 

Superman. El llamado Hombre de Acero. El primer superhéroe en mayúsculas de la historia del cómic. Un personaje creado por los estadounidenses Jerry Siegel y Joe Schuster a principio de los años treinta del pasado siglo XX que, a lo largo de sus casi ochenta años de existencia, se ha convertido en un icono popular capaz de trascender el propio mundo de la viñeta, como pocos personajes del género superheroico han conseguido después de él, para convertirse en una idea, un símbolo y un concepto, que a lo largo del tiempo ha ido adquiriendo cierto carácter nietzscheano e incluso mesiánico, a propósito de nuestra frágil humanidad y nuestros anhelos de futuro. Superman, como un sosias contemporáneo del mito hercúleo grecolatino, representa una nueva encarnación del antiguo héroe solar enfrentado a los monstruos que intentan apropiarse de nuestro mañana, como bien insinuaban Grant Morrison y Frank Quitely en su destacada All Star Superman. De esta manera, como un ancestral personaje de estas mitologías clásicas, Superman ofrece una perspectiva y una capacidad interpretativa sobre el universo conocido y sobre nosotros mismos que no puede ocultar su preponderante potencial metafórico y alegórico. Desde su nacimiento han sido muchos los autores que han querido, algunos menos los que han conseguido, aprovecharse de este hecho en sus historias y relatos para, más allá de entretenernos, hacernos pensar y reflexionar sobre los más variados temas políticos, sociales, éticos e incluso, o sobre todo, existenciales. Sólo de esta manera se puede explicar como en una obra como Superman: Hijo Rojo, un cómic creado por Mark Millar y Dave Johnson en 2003, el famoso Hombre de Acero sea capaz de acabar convertido en “la utopía definitiva del obrero” enarbolada por el hoy casi extinto movimiento comunista y la premisa, lejos de caer en el absurdo, resultar una atractiva e interesante propuesta. En esta historia, publicada dentro del sello Elseworlds de DC Comics, se presenta una vuelta de tuerca respecto al mítico superhéroe pues, al contrario de otras veces, en este cómic Superman no defiende el status quo estadounidense y su salvaje idealismo capitalista, su american way of life que tanto parece preocupar a Mark Millar, sino que se presenta como el abanderado y valedor del comunismo de la hoy desaparecida Unión Soviética. Esta premisa ideada y desarrollada por Mark Millar, a la que colaboran los lápices de Dave Johnson, no cae en saco roto ni resulta gratuita, como muchas veces ha ocurrido con propuestas del mismo corte, ya habiéndose hecho un hueco en el imaginario del personaje y en el catálogo de los mejores relatos que de él hemos podido leer en esta última década.

Superman: Hijo Rojo se sitúa en los años cincuenta, en la época de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, un marco histórico que se esta convirtiendo en algo recurrente en el género superheroico, tanto en el mundo del cómic como atestigua el ya clásico y pionero responsable de este tópico, el Watchmen de Alan Moore y David Gibbons, como en lo referente a las adaptaciones cinematográficas, siendo este el caso de la reciente X-Men: Primera Generación de Matthew Vaughn. El guionista escocés Mark Millar, “el maestro de las ideas simples y obvias”, como él mismo asegura que le tiene en consideración el editor marvelita Dan Buckley, sabe aprovecharse en Superman: Hijo Rojo de algunos “pequeños huecos” e ideas abandonadas y apenas esbozadas por el conocido mago de Northampton en la mencionada Watchmen para reutilizarlas en el beneficio del relato que aquí nos propone. De esta manera, su retrato de este Superman soviético juega un papel muy parecido al del estadounidense Dr. Manhattan, compartiendo con este su configuración divinizada y su incomprensión hacia algunos roles y actitudes humanas pero diferenciándose, por otro lado, en sus respectivas implicaciones hacia la sociedad que les ha amamantado y visto nacer. En el caso del primero, Superman, esto se traduce en un militante y directo intervencionismo de marcado carácter político y nacionalista que se contrapone al autoimpuesto colaboracionismo nihilista y apático que desprende el D. Manhattan. En el otro lado de la ecuación, Lex Luthor, el archienemigo por antonomasia en las historias de Superman, se presenta en Superman: Hijo Rojo como un ambiguo humanista científico y benefactor de la raza humana, un perfil relacionado con las raíces más clásicas del famoso villano y que Brian Azzarello y Lee Bermejo analizarían en más profundidad en Lex Luthor: Hombre de Acero, una obra con una narrativa marcadamente freudiana algo alejada de la que Mark Millar propone en la presente obra. No obstante, en Superman: Hijo Rojo descubrimos un Lex Luthor rico en matices, un ególatra y presuntuoso autodidacta con aspiraciones dictatoriales que no puede evitar comprobar como su nación languidece bajo el peso de su propio sistema capitalista mientras el ideal viviente del superhombre encarnado en Superman, el comunismo, amenaza con extenderse por todo el mundo logrando que “Rusia se sienta tan indestructible como él”.

Mark Millar en Superman: Hijo Rojo nos brinda, sin lugar a dudas, su obra más redonda hasta la fecha, ofreciéndonos su mejor cara como guionista, con una trama llena de conceptos e ideas que maneja con cierta soltura, a pesar de en el fondo no ser más que un popurrí de influencias que el guionista expolia de diversos lugares, y que se aleja sobremanera del efectismo y el “salvajismo comercial” de otras propuestas suyas más recientes como Kick-Ass, Némesis o Wanted. Pero, curiosamente, también estamos ante uno de los trabajos más infravalorados de este autor, un cómic que ha pasado algo desapercibido entre sus aficionados y entre el fandom pese a sus destacadas virtudes, posiblemente debido a la aparentemente farragosa carga política utilizada, que realmente se trata ligeramente y con algún que otro estereotipo, y que toma como referencia la literatura distópica de la primera mitad del siglo XX. Esto queda patente en la misma figura superheroica que nos traslada la historia, un Superman defensor de la utopía comunista establecida, aunque irónicamente su sola existencia suponga una corrupción evidente de la doctrina marxista, un Gran Hermano que consolida un mundo desprovisto de todo tipo de males, crímenes o hambrunas y donde todos los ciudadanos son iguales, lo que se traduce, curiosamente, en una carencia de libertades. Superman representa pues a ese tipo de “superhéroe tutelar” dispuesto a cambiar el mundo por la fuerza, como hemos visto en otras obras del género como The Authority, donde ya Mark Millar jugaba con dicha idea junto a Frank Quitely después de la previa etapa de Warren Ellis y Bryan Hitch, o el más reciente The Mighty de Peter Tomasi y Keith Champagne, por poner sólo un par de ejemplos. Esta “dictadura benevolente” es un hecho que en Superman: Hijo Rojo combatirán los rebeldes y opositores al régimen, liderados por un Batman que recuerda sospechosamente en espíritu al héroe anárquico de V de Vendetta de Alan Moore y David Lloyd, “por su derecho a vivir en el infierno”.

El revisionismo histórico y la citada novela de ciencia ficción distópica se entremezclan en Superman: Hijo Rojo, como en los esquemas habituales de este tipo de obras, en la línea de Un Mundo Feliz de Aldous Huxley, 1984 de George Orwell, Fahrenheit 451 de Ray Bradbury o la más desconocida, pero antecesora a estas, Nosotros de Yevgeni Zamiatin, es clave la figura del disidente que acaba descubriendo y luchando contra las injusticias del estado totalitario. Este papel lo juega en la obra de Mark Millar su peculiar versión soviética de Batman que mencionábamos, un personaje incapaz de diferenciar entre justicia y venganza, cuya oposición al régimen que representa Superman, consolidado durante el gobierno represivo de Iósif Stalin, es férrea e inquebrantable, lo que le llevará a convertirse “en el lado oscuro del sueño soviético”. Mark Millar, con buen criterio, se muestra hábil a la hora de relatar una historia en la que predominan este tipo de grises y en el que conviven toda una galería de ambiguos personajes que luchan por su verdad y entre los que se diluye el concepto superheroico sin llegar a manisfestarse totalmente. De esta manera, Superman: Hijo Rojo es capaz de superponerse a la tentación de tomar un partido más activo por alguno de los bandos en conflicto lo que sólo podría haber desembocado en un trasnochado alegato anticomunista o en un vanal ensalzamiento del libre mercado y de los valores liberales estadounidenses aunque su final, no cabe duda, puede estar sujeto a diferentes y partidarias interpretaciones. No obstante, para llegar a este punto intermedio de entendimiento, su autor acaba sustentándose en el contexto histórico que ha utilizado como punto de partida. Así, en Superman: Hijo Rojo encontramos algunos cameos de figuras históricas de primer nivel, como el mencionado Iósif Stalin o J. F. Kennedy, desprovisto en el cómic de su habitual “aura idealizada” debido a los acontecimientos distorsionados respecto a nuestra línea temporal, o de hechos reales que se combinan con la presencia de algunos de los personajes insignia de DC Comics en roles diferentes a los que suelen jugar habitualmente, como es el caso de Green Lantern y sus “terrenales” Corps., la princesa Diana (Wonder Woman), el periodista del Daily Planet Oliver Queen (Green Arrow) o el caso ya comentado de Batman. En una situación parecida encontramos en Superman: Hijo Rojo a la galería recurrente de personajes secundarios de las aventuras de Superman, con un Jimmy Olsen agente del gobierno de los Estados Unidos, una Louis Lane casada con Lex Luthor, una Lana Lang fervorosa defensora de los derechos de los obreros o villanos como Brainiac, Bizarro, curiosamente el Superman estadounidense de la historia, y el mencionado Lex Luthor, además de ciertos guiños a la mitología del personaje como, por ejemplo, La Ciudad Embotellada de Kandor, convertida para la ocasión en La Ciudad Embotellada de Stalingrado.

En cuanto a su estructura, Superman: Hijo Rojo se divide en tres partes, la primera de ellas titulada El Amanecer del Hijo Rojo, centrada en presentarnos la forja de este Superman y su relación con el mundo de los años cincuenta; la segunda, El Apogeo del Hijo Rojo, en la que se nos relata la llegada de este al poder ya en los años setenta y su insistente persecución de la utopía y, finalmente, El Ocaso del Hijo Rojo, ya en pleno siglo XXI, donde asistimos al desenlace de la historia con un final, al parecer propuesto por Grant Morrison, que resulta en toda una paradoja futurista muy propia del género de ciencia ficción y de las fábulas políticas y que también funciona como homenaje implícito a la génesis del conocido Hombre de Acero. En el apartado gráfico, el dibujo de Dave Johnson y Killiam Plunkett cumple con lo esperado, un trazo simple pero lo suficientemente agradable y detallado como para no entorpecer la historia desarrollada por Mark Millar que intenta retrotraernos en cadauna de las partes del cómic al momento histórico que representan. Cabe destacar, en este aspecto, las portadas originales y alternativas del cómic que recuerdan, intencionadamente, a las campañas propagandísticas de la Segunda Guerra Mundial y la posterior etapa de Guerra Fría y también la lograda labor de adaptación simbólica de los reconocibles personajes que pueblan las páginas de Superman: Hijo Rojo. Completando el conjunto, las tintas de Andrew Robinson y Walden Wong y el color de Paul Mounts acaban por configurar un estilo estéticamente sobrio y mesurado que resulta en “un cómic kafkiano y propio de Max Fleischer”, como lo describe el escritor y productor cinematográfico Tom DeSanto en la introducción a la edición de Planeta DeAgostini de la presente obra y que lleva por título Mamá, tarta de manzana, Chevrolet y Superman. En nuestro país, Superman: Hijo Rojo fue publicada previamente por Norma Editorial pero la citada edición de Planeta DeAgostini es la más reciente que podemos encontrar en las librerías, un tomo que incluye todas las portadas originales y sus variantes así como una galería de bocetos comentados por el mismo Dave Johnson donde confiesa, entre otras cosas, que sus amigos también encuentran ridícula la capucha rusa que Batman luce en el cómic. En definitiva, Superman: Hijo Rojo es una obra muy recomendable para aquellos que gustan de este tipo de experimentos y realidad alternativas o para los que buscan algo más que una historia de acción superheroica al uso pues, en ese sentido, la propuesta de Mark Millar y Dave Johson tampoco defrauda pero, lejos de quedarse ahí, nos ofrece un transfondo muy interesante y lleno de matices, muy dado a diversas y futuras relecturas. Superman: Hijo Rojo, en definitiva, es una oportunidad para vislumbrar la leyenda de Superman desde una óptica distinta que deja al descubierto la enorme capacidad simbólica y mitológica de unos de los personajes más icónicos del nuestra época.

Ver también:
Lobezno: El Viejo Logan de Mark Millar y Steve McNiven
Wanted de Mark Millar y J.C. Jones  
Kick-Ass de Mark Millar y John Romita Jr.

2 comentarios:

Fer1980 dijo...

A mi también me parece de lo mejor de un Millar que aqui esta más preocupado de contar una historia que de demostrar lo mucho que mola, podía haber caido muy facilmente en el panfleto pero lejos de hacerlo construye un relato inteligente y que gran medida aborda la esencia misma de Superman que pese a todo sigue siendo Superman, Millar cuando quiere es un gran guionista, para mi lo malo es que quiere pocas veces.

Mythos dijo...

Totalmente de acuerdo. Es una pena que Mark Millar no se tome en serio muchas veces su trabajo y este pensando en los dividendos que puede rentabilizar a través del cine. Cuando quiere puede hacer cosas muy buenas, cuando no, simplemente es un autor de blocksbusters.