11 de mayo de 2009

Déjame Entrar -La Esencia del Vampiro-


¡Atención posibles y reveladores spoilers!

La figura del vampiro es uno de los arquetipos más antiguos sobre lo maligno, del miedo humano a lo desconocido, que existen. Presente, de una manera u otra, en todas las culturas del mundo, en todas las civilizaciones que ha conocido la humanidad desde sus orígenes, perpetuado en el imaginario popular y el folklore de todas las épocas históricas conocidas por el ser humano y referenciado desde las religiones y mitologías más primitivas a las más influyentes y persistentes. Se puede decir que, en verdad, el vampiro es un ser inmortal a tenor de todo ello. En el cine el vampiro ha estado presente casi desde la misma génesis del séptimo arte, como sólo un ser que ha vencido el tiempo podría hacer, siendo la ya mítica Nosferatu con Max Schreck, filmada en 1922 por F.W. Murnau, la primera aparición conocida en fotogramas de este ser. Una versión apócrifa del Drácula de Bram Stoker, con personalidad propia y que posiblemente siga siendo la mejor adaptación que se le ha hecho al personaje. En el cine actual la figura del vampiro se ha banalizado, se ha desprendido de ella no sólo el componente romántico, casi sexual, que le otorgaron iconos como Bela Lugosi o Christopher Lee, sino que casi se ha desprendido de su, antaño indisoluble, naturaleza demoníaca en favor de una suerte de humanidad imposible. El resultado es una nueva y cansina metáfora del "nietzscheano" superhombre que pulula, o malvive, entre el cine de superhéroes y las resabidas trilogías de títulos éxitos en taquilla como Blade o Underworld.

Antes, en 1994, se estrenaba Entrevista con el Vampiro de Neil Jordan, basada en la novela del mismo título de Anne Rice, con un Tom Cruise irreconocible e impresionante en quizás la última película verdaderamente reseñable en la que han aparecido estos seres. Los vampiros de Anne Rice son nuestros álter egos contemporáneos, una suerte de vampiros con alma, emparentados con la concepción de los dioses grecolatinos: entes por encima de la humanidad que a su vez son esclavos de esta misma. Llenos de los mismos defectos y virtudes humanos, de los vicios, de la pasión y el amor, gozan de su divinidad mientras el tiempo se desprende de ellos. El romanticismo se sobrepone al terror, la sangre sigue presente pero el miedo se difumina en toda una gama de grises. Desgraciadamente muchos productos actuales, que intentan venderse como reformadores de la figura vampírica, crepúsculos varios y sucedáneos, recogen este romanticismo olvidando por el camino todo lo que la icónica figura del vampiro representa y aporta al imaginario popular. Nuestros miedos más primigenios a la vez que los deseos más oscuros y anhelados de inmortalidad de nuestras alma se encuentran en un mismo tramo del camino en la figura del vampiro. En cambio, este tipo de producciones, nos dejan sólo romances rancios, fríos y superfluos donde la salida siempre es la misma: el amor inmortal, tema que ya tocó Francis Ford Coppola en su Drácula (no el de Bram Stoker como se vendió la película en su momento), en detrimento de la profundidad y poderosa psicología que ya se plasmaron en su momento en las teorías más freudianas de, entre otros, Carl Jung.

Afortunadamente las modas pasan pero la figura del vampiro las sobrevivirá a todas y su apariencia persistirá bajo sombras y formas que sólo el tiempo conocerá. Mientras tanto, cada cierto tiempo, el cine nos demuestra que sigue amando una figura que tantos buenos ratos (o malos según se mire) nos ha hecho pasar. La última muestra de ello se llama Déjame Entrar (Låt den rätte komma in en el original) una película dirigida por Thomas Alfredson basada a su vez en el libro del mismo título del autor John Ajvide Lindqvist que, además, participa del guión cinematográfico. Ampliamente alabada, no sin razón, en el Festival de Sitjes y con más de un premio bajo el brazo, Déjame Entrar es una propuesta de lo más interesante. Estamos ante una fábula como las que posiblemente dieron vida hace miles de años al mito del vampiro y que se movían de aldea a aldea atemorizando a buenas gentes y estimulando su capacidad para la superstición. Un cuento de hadas terrorífico y una, por así decirlo, carta de amor a la esencia del vampiro llena de poesía visual y lirismo. Y, por que no, una historia de los tiempos que corren y de como los mitos perduran. Una historia inmortal que sobrevive en nuestra retina durante mucho tiempo después de haber sido vista como se le debe pedir a una buena historia de terror.

Déjame Entrar se sitúa a principios de la década de los 80 y cuenta la historia de Oskar (interpretado por Kåre Hedebrant), un chico solitario y triste de los suburbios de Estocolmo, de padres separados, acosado por sus compañeros de escuela y al que le gusta coleccionar recortes de periódico de crímenes violentos. Pronto se muda a su mismo bloque de apartamentos una extraña chica llamada Eli (una magnífica Lina Leandersson) de piel pálida y ojos penetrantes que pronto capta la atención de Oskar. La amistad entre ambos surgirá, ayudándose mutuamente a superar sus respectivas soledades, aún a pesar del asombroso descubrimiento que pronto realizará Oskar: Eli es en realidad un vampiro. Es ese retrato que hace de la soledad Thomas Alfredson, presente durante todo el metraje de una forma casi opresiva, lo primero que choca contra el espectador, por lo desolador de la propuesta que se refleja a la perfección en su estética y su estilo pausado y sosegado que recuerda, y no sólo por ese fantástico paisaje nevado, al Fargo de los Coen. También puede recordar productos recientes del cine palomitero o "pseudovampíricos" como 30 Días de Noche (rescatable) o Los Guardianes de la Noche (aborrecible) aunque, para nuestra suerte, Déjame Entrar resulta un propuesta totalmente alejada de estas guardando sólo alguna ligera similitud fotográfica y resultando un producto más fresco.

La historia por momentos presenta al vampirismo casi como una anécdota dentro de la trama por el componente social que esta carga sobre sus espaldas aligerado, eso sí, respecto al libro donde se tratan otros temas de forma más explícita como la pedofilia, las drogas o la prostitución que en la película están presentes de una forma solapada pero muy atractiva que nos permite hacer varias lecturas o interpretaciones sobre la obra después del primer visionado. La relación de Eli con su protector Hakam, por ejemplo, esconde más de lo que en apariencia hay y se intuye en contadas escenas, miradas o gestos de los actores. En beneficio de contar una historia más íntima, con una sencillez pasmosa, se prescinden de estos otros temas para contar una atípica historia de amor liberada de cualquier sentimentalismo barato posible o sobreexceso narrativo. Los personajes resultan humanos y la historia resulta fantástica, sin ser irreal, debido a que el vampirismo se trata como si de un tema social más se tratase. Thomas Alfredson toma algunos de los mitos respecto a los vampiros y los cuenta desde una perspectiva, humana y mágica al mismo tiempo, pocas veces vista en una película del género. Se desentiende de otros aspectos recurrentes menos líricos, menos subversivos y más utilizados, a la par que clásicos, como el ajo, las cruces o las estacas intentando no caer en los tópicos recurrentes del género. En relación a esto resulta llamativa la ausencia del tema religioso a lo largo de la película, elemento casi predominante en la mayoria de películas sobre vampiros, sustituido por un componente mágico más sútil y atractivo.

El título de la película, Déjame Entrar, nos hace alusión a un aspecto de la mitología vampírica realmente poco explorado. Las superstición según la cual un vampiro no puede entrar en una casa habitada sino es invitada a ella. Thomas Alfredson nos da una explicación a este hecho, no racional por supuesto, sino siguiendo la tónica del mito y enseñandonos que aún puede dar mucho se sí. Esto nos permite asistir a una de las escenas más terroríficamente bellas de la película cuando Eli atraviesa el umbral de la puerta de la casa de Oskar sin permiso y empieza a sangrar por todos los poros de su cuerpo. Con la misma delicadeza se nos relatan otros pasajes relacionados con el imaginario vampírico. Los vampiros no sienten frío porque, como dice Eli, lo han olvidado. No pueden alimentarse de nada que no sea sangre, aquello que les da la vida, porque las consecuencias suelen ser indigestas. No soportan la luz de sol y los gatos los temen porque el vampiro lleva una bestia dentro de él, perfectamente retratado en la película cuando Eli no puede reprimirse ante la sangre que Oskar exhibe en su mano, que les cambia la voz y la fisionomía ante la necesidad. Cabe destacar el acertado y sútil uso de los efectos especiales para enriquerer la historia y no lo contrario como suele ocurrir en otras películas.


Oskar: ¿No tienes frío?
Eli:
No.
Oskar:
¿Por qué no?
Eli:
Habré olvidado cómo se hace.


Con igual maestría se relatan otro tipo de escenas de excelente factura como la comunicación a través de las paredes de Oskar y Eli mediante el código Morse o el momento en que Hakam le cede su vida a Eli en el hospital como sacrificio (entendemos que de amor). Especialmente destacable es la escena de Oskar y Eli en la cama del primero cuando ella le asegura no ser una niña y él no sabemos si la cree pero no parece darle importancia, pero que resulta ser un detalle que se escapa tanto al protagonista como al espectador y que se revela más adelante en la trama como un hecho remarcable. Eli no mentía, no es una niña sino un niño que, según la novela, fue castrado hace 200 años. Esos detalles se iban a contar en flashbacks, como sucede en el libro, pero finalmente se prescindió de ellos lo que al parecer otorga una linealidad más interesante al relato que juega con tal misterio. Aún así, el destino de Oskar y Eli esta sellado desde el principio de la película, y queda grabado en ese beso sangriento al que ninguno de los dos hace ascos (la sangre es la única vida que puede ofrecerle Eli y los dos lo saben) y esa matanza, tan perturbadoramente bella, en la piscina del colegio. La fotografía, unida a la banda sonora, nos hacen creer que el frío que vemos en la pantalla es verdadero y es tan plástico que casi lo sentimos igual que sentimos la hermosa y la vez tremendamente nostálgica y triste historia de amor entre Oskar y Eli.


La película nos retrotrae al vampirismo primigenio o a obras como el anteriormente mencionado Nosferatu de F.W. Murnau, por su modestia propuesta a la que vez que poderosa en lo visual y simbólico, y las películas de Theda Bara de la que Lina Leandersson, que da una réplica ejemplar a la Claudya de Kristen Dunst en Entrevista con el Vampiro, parece una versión en miniatura. Incluso, porque no, se puede decir que es una versión más adulta de las novelas de carácter infantil de El Pequeño Vampiro de Angela Sommer-Bonderburg. Respecto al libro de John Ajvide Lindqvist se puede decir que la película de Thomas Alfredson resulta un complemento a esta por lo que se desprende de las declaraciones de su autor que ante el inminente anuncio de un innecesario remake norteamericano ha anunciado que, al menos, le gustaría que la propuesta fuese algo diferente y no se limitasen exclusivamente a copiar el guión (impecable) de esta. Pero ahora es tiempo de disfrutar de esta pequeña delicia que, por si misma, es un engranaje perfecto al que pocas o ninguna modificación o nuevas versiones necesita. Lo que si necesita el género es más películas como esta, que se toman en serio a sí mismas y lo que cuentan y que son un disfrute en todos los aspectos lejos de superhombres y adolescentes saturados de hormonas.


Podéis leer el primer capítulo de Déjame entrar aquí.

4 comentarios:

haddock dijo...

Muy buena reseña.
Solo apuntar que el título original es Låt den rätte komma in. Y es que esta película es ante todo sueca. Tanto en el ritmo narrativo como en la fotografía, pasando por el mismo guión.
Un par de curiosidades:
La canción que suela constantemente en el film se llama "Kvar i min bil" y es del mundialmente conocido Per Gessle, la mitad masculina de Roxette (que también son suecos)
Al parecer existe una película (sueca también) que guarda cierta similitudes con 30 días de noche y Déjame entrar a la vez, siendo anterior a las dos pero no al cómic de la primera. Su nombre es Frostbitten. Si la llego a ver ya diré que tal.

Musa Ambulante dijo...

Estupenda reseña, Jörg. Aunque como bien te corrige Haddock, la original es en sueco ;).

De todas formas, debo decirte un par de cosas respecto a la película y el tema del vampirismo: primero, aunque lo comentas de refilón, yo creo que es muy importante destacar en primera página que desde el Romanticismo (corriente que ha dejado mucho poso en nuestro imaginario cultural), la figura del vampiro es ante todo una proyección de nuestros deseos de inmortalidad, y que parte de la malignidad que se le confiere a esta figura (al contrario que en el folklore por oposición a la bondad de un Dios) surge de la frustración e imposibilidad de ver materializado este deseo. Es un poco, como yo no puedo gozar de ello, es una tortura y una condena. Y creo que eso se refleja en muchas producciones y noveluchas que corren en nuestros tiempos. En esta película, no sé en la novela, creo que no es un aspecto relevante, ni marcado.

Asimismo, yo no creo que la película beba tanto del cuento de hadas. Me parece que es un paso más allá. Una vez superado el cuento fantástico, desprovista la historia de todas las connotaciones religiosas y del pecado, y a pesar de todos los mitos presentes en la película, creo que es una historia que no explica nada de los orígenes, el destino, etc. de Eli (en este caso el vampiro), y que por tanto, se centra en ese medio austero que es el extrarradio de Estocolmo, enmarcando a su vez la historia en una realidad extraña, donde la Eli es posible sin mayores complicaciones. Creo que en ese sentido es ir un paso más allá de lo típico.

En serio, estupenda reseña. Perdona la perorata.

p.s: A mí me encantó Drácula de Francis Ford Coppola, y no sólo por la historia de amor. LA estética de esa película es BRUTAL.

p.s.2: Yo ya se lo dije a mi amiga, que el padre no era el padre en realidad, sino el predecesor de Oskar.

Mythos dijo...

Lo del original fue un despiste que mira que sois tiquismiquis xDD Ya lo corrijo.

Respecto al tema de la inmortalidad.
Cierto. La película no trata ese tema concretamente. Lo bordea por decirlo así. Sólo nos da la visión "riceniana" en ciertos momentos en el sentido del don no buscado. En la novela, por lo que he leído, puede que si se trate pues se cuenta la historia del pasado de Eli pero para saberlo habría que leer el libro.

En cuanto al cuento de hadas... Yo veo una película que podríamos enmarcar, aunque no lo diga en la reseña, dentro del realismo mágico porque aunque trate el tema desde un punto de vista más austero como dices el propio hecho de la figura del vampiro sigue presente. Otra cosa es el tratamiento que se le da a este.
Por eso mencionaba a El Pequeño Vampiro aunque pudiese parecer fuera de lugar. La estructura de la historia es la misma, y allí realmente, el protagonista se queda tan fascinado con la figura del vampiro como Oskar haciéndoles superar el miedo. Y El Pequeño Vampiro es un libro infantil...
Por eso me parece que es también una fábula ya que vuelve a los orígenes del vampirismo, no con la intención de explicar nada de sus secretos (eso es lo mejor), sino contando una historia que bien podría tomarse como una leyenda urbana de hoy en día como podría haberlos sido en el siglo V a.C. Lo cual le confiere un toque de atemporalidad. No enmarca a los personajes en imponentes castillos, ni son aristócratas pomposos y rancios (aunque Eli posibilidades tiene como vemos en la película) sino que nos los sitúa en unos suburbios, un lugar deprimente y sencillo donde el tiempo no parece avanzar.
Y volver a los orígenes es lo que produce, curiosamente, contar algo original respecto a la figura del vampiro.

Respecto al Drácula de Coppola, la estética es brutal sí, pero el concepto de amor pervierte el concepto original mismo del personaje (¿por qué lo llaman amor cuando es sexo?) y la misma estética, que roza el surrealismo, no me parece que encaje con lo que Bram Stoker tenía en mente. La película puede estar mejor o peor pero lo que digo es que no me parece correcto que se tome como una adaptación fiel de la novela porque no lo es... aunque siga más o menos las tramas y tenga sus excelencias. Un destrozo digno de Kubrick, vamos ;)

Musa Ambulante dijo...

Uy, Jörg cuidado con meterte con Kubrick y sus destrozos... Na, es broma. No me voy a poner en plan dictatorial.

Yo también voy a enumerar:

1. Aunque entiendo lo que dices, yo sigo pensando que de cuento de hadas nada. Pero lo de realismo mágico es una gran idea.

2. Ánimo con ese trabajo vendettiano. Ya quisiera yo tener un estudiante de derecho hoy para que me ayudara con el mío. Pero... no tengo el "placer" de conocer a ninguno.

3. A mí también me va mejor quedar la semana que viene, porque este finde tengo que leerme tres libros. ¿El lunes qué tal? Ya concretamos por email.

4. Me tienes que llevar a esa tienda de cómics, sí o sí. Hablando de compras, ya me ha llegado mi camiseta de Poe. Preciosa.

5. Es que te enrollas como una persiana, la verdad... XD

MUA!